De pequeñita me habían dicho que los mejores hombres salían de los sapos más feos. Yo lo creí.
Mi tía Inocencia, que ya toda la familia daba por solterona para toda la vida, me llevó con ella una tarde de verano al estanque que había por detrás de la casa de la abuela. Allí, buscando y buscando, y a punto de arriesgar su vida en aquel agua verde y podrida, se hizo con un sapo gordo y horrible. Cerró los ojos, puso los labios de morritos y le plantó un beso de película. A la mañana siguiente, la tía Inocencia era la comidilla del pueblo paseando por las calles de la mano de un galán de los que nunca se habían vistopor allí.
Han pasado muchos años desde entonces y demasiados hombres por mi vida... altos, bajos, guapos, feos,buenos, malos. Pero al parecer, todos los sapos me salen rana.