Victor brilla. Siempre. Aún cuando
hay días que no tiene un trozo de pan para echarse a la boca. Siempre. Y cuando
su hermana nunca regresó tras ir a por el sueño de mejorar la vida de su
familia. Siempre. También por las noches, tras escuchar a su padre llegar
borracho y las lágrimas de desesperación de su madre. Siempre. Incluso cuando
las llamas arrasaron con lo poco que tenían en aquel barrio de palafitas. Victor
brilla, siempre, porque sabe que si deja de hacerlo su mundo se destruye para
siempre.
Cerraba los ojos y se veía sonriendo, mirándole a la cara y diciéndole cuánto le quería. Cuando los abría y el espejo reflejaba una cara llena de moratones, se daba cuenta que lo que deseaba no tenía nada que ver con la realidad.
Desde pequeño le decían que pensaba demasiado en pajaritos preñados. Éstos cantaban alegremente en su cabeza, y junto a sus aleteos, todas sus tristezas, que no eran pocas, espantaban. Con el pasar de los días, de los años, por obedecer a quienes antes le sermoneaban y ahora tanto le aconsejaban, decidió dejarlos volar. Quedó vacío. Y sólo.
Para bien o para mal me has elegido a mí para compartir el resto de tus días. Lástima que yo no haya hecho lo mismo contigo.
No sé quien saldrá ganando.
Se trataba de lanzarse, sí, de
eso, únicamente lanzarse. Una vez te sumergieras las resistencias
desaparecerían. Pero desde las alturas la perspectiva era otra, daba miedo dar
el salto y no saber qué ibas a encontrar. Era sólo un impulso lo que separaba
el vivir del vacío.