martes, 15 de enero de 2013

Feliz año nuevo



Se prepara para la ocasión. El mantel blanco bordado de la abuela, los cubiertos de plata, la vajilla de porcelana fina. ¡Ah! Y el vino que no falte. Se pone el vestido largo, de noche, negro, que deja sus hombros al descubierto. El collar de perlas realza su cuello. Sus pies bien torneados se apoyan en unos finos tacones. El carmín rojo le da el toque de color.
Coge un papel en blanco del cajón del escritorio. Escribe todo lo que quisiera dejar atrás, lo que desearía conservar, y sus mejores deseos para el año que viene. Es el momento de la cena. La hora se acerca. Relee lo que ha escrito, lentamente. Una copa de vino es su compañía. Sobre la mesa, doce velas para apagar con cada una de las campanadas. El viejo reloj del comedor comienza a sonar. Hoy, quince de enero, se felicita por su año nuevo.

miércoles, 9 de enero de 2013

El televisor



Las historias se repiten una y otra vez. Hace unos años nos cuestionábamos que hacer con papá. María, mi hermana, vivía en la capital, su marido trabajaba en una multinacional, y su hijo estaba estudiando en la mejor universidad del país. Yo me debía a mi trabajo, a mi mujer y mis hijos, que ni locos aceptaban cambiar de lugar de residencia, y menos aún reestrucurar la casa y sacrificar sus hábitos para poder compartir con el abuelo sus últimos años. Él, al final, terminó sus días en una gran ciudad a la que nunca se adaptó. Cerca de mi hermana, pero en la habitación de una residencia en la que sólo era uno más.
Hoy ellos discuten en el salón. Sentado frente al televisor que se han olvidado de encender creo conocer el fin de la historia.      

lunes, 7 de enero de 2013

Muerto en muerte


Sujeta con fuerza el volante. Pisa a fondo el acelerador. La carretera de montaña sirve de guía a un coche que aún no conoce su destino final. Antes de terminar la última curva intentará huir de esta vida que le mata.

martes, 11 de diciembre de 2012







Son cientos de granos de arena los que se deslizan e indican que no hay vuelta atrás. Cuando gire el reloj, tendrá la oportunidad de empezar de nuevo. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Cuenta atrás


Se levantó como cada mañana, corriendo. Ducha, ropa, desayuno, cepillado de dientes, atascos.
Pasó el día como casi todos, a paso ligero. Reuniones, citas, comida con amiga, gimnasio, niños.
Lo terminó como nunca lo había hecho, inmóvil.   

martes, 4 de diciembre de 2012

Sentido

― Naciste de refilón una noche lluviosa de invierno― fueron las últimas palabras de mi madre en su lecho de muerte. Miles de imágenes se agolparon sin orden ni concierto en mi cabeza. Esa afirmación, con la que despidió la vida, dio sentido de pronto a la mía. 

Mi corazón se comenzó a formar inesperadamente una noche de verbena en el pueblo, cuando mi madre, aún niña, se dejó llevar por un joven que no conocía y nunca conoció. Yo tampoco. 

Me expulsó de su vientre mes y medio antes de lo esperado, entre arbustos a la orilla de una carretera de tierra, de regreso a casa tras doce horas de trabajo, sola, y bañada por el agua que caía del cielo. El frío nos hizo tambalear entre la vida y la muerte, un camionero que pasaba por allí nos decantó hacia la vida. 

Nunca sentí el calor del cariño en mis entrañas, siempre, el peso de la culpa aplastando mi cuerpo. He tenido una existencia fría, gris y lluviosa. Mis primeros pasos en este mundo, que sí, fueron de refilón, marcaron con aplomo mi andar por esta vida.

lunes, 26 de noviembre de 2012

jueves, 8 de noviembre de 2012

Café amargo


Tras leer la frase del sobre de azúcar esbozó una sonrisa apretada. La suya no fue  de las mejores historias, pero sí la que cambió su vida. Después de aquel “Quien eres tú” pasaron a un  “Nos estamos conociendo” que parecía no tener fin; continuaron con el “Tiene una faceta escondida que no sé si llegaré a descubrir”; y finalizaron tras el doloroso “Ojalá nunca te hubiera conocido”. Deja unas monedas sobre la mesa y sale de la cafetería. Al otro lado de la acera, el juzgado. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Menos lobos


Decían de mí que era un lobo. No lo creo. Puede que al principio si creyera que todas caerían a mis pies. Pero, ahora me doy cuenta, el tiempo de Caperucita ya pasó.  

De pequeño me educaron para ser un machote; que si los hombres no lloran, que si somos los mejores, que cuantos más sepan de mis affaires mejor y siempre, siempre, es mejor dejar claro quien lleva los pantalones.  
Yo lo intentaba. Cuando salía de casa era el lobo fiero que iba a comerme el mundo; pero, cuando volvía, no era más que un lobo herido.   
Ellas eran listas. No me hablaban de mis grandes orejas, ni de mis bonitos ojos saltones o mis enormes manos. Se insinuaban muy bajito a mi oído para no poderles escuchar y demostrarme que el tamaño no es lo que importa, se desabrochaban sutilmente los botones de su camisa para que los ojos se me cayeran al suelo, me pedían que les desabrochara el sujetador sólo para reírse de mi poca traza.
Pero todo cambió cuando les conté lo acomplejado que estaba por lo pequeñas que eran mis orejas, mis ojos, mis manos,… Como me hacía pasar por un poco sordo, acercaban su rostro al mío para hablarme; si bajaba la mirada, posaban mi cabeza en su pecho; como me veían tímido, ellas mismas se desnudaban y me ayudaban a desnudarme.   
Sí, ciertamente, los tiempos del lobo ya pasaron. Ahora es el tiempo del perrito faldero que mueve el rabo sólo para que le tiren un hueso.  

lunes, 22 de octubre de 2012

Mi vida contigo y los demás



Tú no sabes cuando sucedió, pero fue el otro día. Cuando la chica que se sentó a tu lado en el cine te susurró al oído aquel comentario ridículo sobre el beso de los protagonistas, fue cuando me decidí a permanecer contigo, sólo por unos días.
Hice bien: A mí, ella sólo me estaba utilizando, a su antojo, y me pareció que a ti también te podría hacer falta. Además, tenías cara de cansado, y pasar unos días en casa, tirado en el sofá al calor de tu manta preferida, podía venirte bien en ese momento. Pero no contaba con tu tozudez. Tras un día con el cuerpo apaleado, tos de caballo y temperatura que, desde luego, no era la tuya, no soportaste más estar encerrado entre cuatro paredes. Ir al trabajo, al día siguiente, bajo el rocío de la mañana, fue otra más de tus ocurrentes escapatorias.
Recuerdo perfectamente el momento en que me expulsaste. Estabas en el despacho de tu jefe intentando justificar como podías el motivo del descenso de las ventas del último mes. No tuviste forma de evitarlo. Un estornudo incontrolado me lanzó hacia él.
Parecía un tipo tolerante, de los que, pasara lo que pasara, aceptaban todo lo que les llegaba con naturalidad. Pero no fue así. Tras unos días juntos, y en cuanto el cansancio, el dolor de cabeza y el moqueo hicieron su aparición, echó mano del botiquín. No quedó analgésico, antigripal, mucolítico, etc. que no probara para intentar acabar conmigo. Me sorprendió: hacía tiempo que no era atacado  con tanta saña, por la química.
Cuando su nieta le fue a visitar y, tan contenta, se abalanzó sobre él, llegó el momento de intentar salvar mi vida. Era una cría muy mona y cariñosa. Seguro que con ella lograría recuperarme. Tuve  suerte de que su madre tuviera dos dedos más de frente que los anteriores. Conocía perfectamente cual era mi proceso habitual y, aunque la niña lo pasó un poco mal varios días, me dejó campar a mis anchas.
La niña, en cuanto se sintió un poco mejor, no quiso perder más tiempo, y pese a que su madre se opuso bastante, recuperó las visitas de cada tarde a aquella viejita que tenía como vecina. A su abuela no la había conocido, y la señora había asumido el papel con toda naturalidad.
Hacía tiempo que no se veían. Un beso lleno de afecto me sirvió de vía de escape. En aquel cuerpito ya no tenía nada que hacer y no quedaba más remedio que seguir mi camino. Un camino incierto, pues como en todas las paradas anteriores, no sabía lo que me depararía el destino. Yo llegaba con toda mi energía renovada, pero aquella anciana resulto tenerla bastante agotada. No me resistió. Para cuando intenté escapar, y que no quedara ni rastro de mí… ya era demasiado tarde.