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| Ilustración de Maco |
Comienzas a despertar después de una noche de sueños locos. Tus oídos son los primeros que toman contacto con la realidad, el tic-tac del reloj, el taconeo de la vecina de arriba, el silencio mezclado entre los diferentes sonidos. En la cara notas el tacto suave de la almohada. Tu cuerpo acurrucado desprende el calor que le han regalado las sábanas, está encajado en la huella del colchón. No quieres abandonar esa sensación, te sientes segura y no quieres adentrarte en el mundo frío y ruidoso de ahí fuera.
Tus pensamientos comienzan a desperezarse, hay cosas que hacer, pero saben que
van a tener que luchar con un cuerpo que se resiste. Envían señales a tus brazos
y piernas para que se estiren, se muevan, pero no responden, pesan demasiado. Tampoco
consiguen la fuerza suficiente para mover la cabeza y abrir los ojos.
Indignados, consiguen
desprenderse de un cuerpo inerte. Ahora sí se sienten ligeros. Se desplazan de
un lado para otro a toda velocidad, vuelan, flotan en el aire sin poder tocar
tierra por mucho que lo intenten.
Y el miedo se hace presente en
ellos, se bloquean y caen de un golpe sobre el cuerpo que habían abandonado. La
tranquilidad vuelve a predominar, sienten la seguridad de un entorno conocido.
Abres los ojos. Bajo las sábanas extiendes
lo más fuerte que puedes tus brazos y con un pie tocas el suelo. Ahora sí que
empieza un nuevo día.



