
"¡Tachán!" dijo el mago sacando un conejo de su chistera en aquel programa tan aburrido del viernes noche. Yo andaba medio dormida cuando su "¡Tachán!", que no sólo resonó en la televisión, sino dentro del salón, estruendosamente, me levantó del sofá de un salto. El viejo jarrón de la abuela había caído al suelo, y en su lugar, un conejito blanco olisqueaba la estantería, debajo de la mesa, pegado a una de las patas, había otro, y encima del equipo de música. La magia había vuelto a mi vida, cuando ya, desde hacía unos años, había dejado de creer en ella.