jueves, 8 de noviembre de 2012

Café amargo


Tras leer la frase del sobre de azúcar esbozó una sonrisa apretada. La suya no fue  de las mejores historias, pero sí la que cambió su vida. Después de aquel “Quien eres tú” pasaron a un  “Nos estamos conociendo” que parecía no tener fin; continuaron con el “Tiene una faceta escondida que no sé si llegaré a descubrir”; y finalizaron tras el doloroso “Ojalá nunca te hubiera conocido”. Deja unas monedas sobre la mesa y sale de la cafetería. Al otro lado de la acera, el juzgado. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Menos lobos


Decían de mí que era un lobo. No lo creo. Puede que al principio si creyera que todas caerían a mis pies. Pero, ahora me doy cuenta, el tiempo de Caperucita ya pasó.  

De pequeño me educaron para ser un machote; que si los hombres no lloran, que si somos los mejores, que cuantos más sepan de mis affaires mejor y siempre, siempre, es mejor dejar claro quien lleva los pantalones.  
Yo lo intentaba. Cuando salía de casa era el lobo fiero que iba a comerme el mundo; pero, cuando volvía, no era más que un lobo herido.   
Ellas eran listas. No me hablaban de mis grandes orejas, ni de mis bonitos ojos saltones o mis enormes manos. Se insinuaban muy bajito a mi oído para no poderles escuchar y demostrarme que el tamaño no es lo que importa, se desabrochaban sutilmente los botones de su camisa para que los ojos se me cayeran al suelo, me pedían que les desabrochara el sujetador sólo para reírse de mi poca traza.
Pero todo cambió cuando les conté lo acomplejado que estaba por lo pequeñas que eran mis orejas, mis ojos, mis manos,… Como me hacía pasar por un poco sordo, acercaban su rostro al mío para hablarme; si bajaba la mirada, posaban mi cabeza en su pecho; como me veían tímido, ellas mismas se desnudaban y me ayudaban a desnudarme.   
Sí, ciertamente, los tiempos del lobo ya pasaron. Ahora es el tiempo del perrito faldero que mueve el rabo sólo para que le tiren un hueso.